El arresto de Pedro Ariel Mendívil García por delitos de desaparición forzada, asociación delictuosa y robo de vehículo abrió una auténtica caja de Pandora que sacude los cimientos políticos y de seguridad en Baja California.MEXICALI.– El estruendo de las torretas federales en el Fraccionamiento Los Arcos no solo despertó a los vecinos; terminó por fracturar el frágil cascarón de la narrativa oficial sobre la seguridad en el estado. La captura del hombre que cargó con las llaves de la Fiscalía Regional y la Dirección de Seguridad Pública Municipal (DSPM) bajo la bandera morenista es el síntoma definitivo de un sistema podrido desde adentro.
La caída del círculo de confianza
- El cuadro de mando, bajo sospecha: La orden de la jueza Norma Celeste Soto no fue exclusiva para Mendívil. El Operativo Especial Alba también arrastró al excomandante operativo Luis Alfonso Jacobo y a múltiples agentes en activo.
- La sombra de la delincuencia organizada: Informes de inteligencia conectan directamente a este cuadro policial con la facción de «Los Rusos». Esto rompe el mito de la infiltración aislada y confirma un esquema institucionalizado.
- El origen de la hebra: El expediente penal (Causa 06748/2026) deviene del secuestro y desaparición de dos jóvenes procedentes de Estados Unidos en enero de 2023. Las patrullas oficiales sirvieron como instrumentos de captación criminal.
-
Las réplicas del terremoto político
- ¿Fuego amigo o ajuste de cuentas?: Minutos antes de ser esposado, Mendívil lanzó un video acusando una venganza de la Fiscal General, María Elena Andrade. El linaje interno de Morena se devora a sí mismo en una guerra abierta por el control de las plazas.
- Cortina de humo para el Poder Ejecutivo: El propio detenido calificó su detención como el «distractor perfecto». El golpe mediático ocurre justo cuando la gobernadora Marina del Pilar Ávila tambalea por la filtración de audios sobre agencias extranjeras y el caso de huachicol fiscal del exgobernador Ernesto Ruffo.
- El costo para la alcaldía: La alcaldesa Norma Bustamante queda expuesta. Su «política de cero tolerancia» palidece ante el hecho de que su principal estratega de seguridad operaba, presuntamente, para un cartel.
El lodo ya salpicó las oficinas más altas del Poder Ejecutivo en Mexicali. Cuando los encargados de perseguir a los monstruos terminan convertidos en ellos, el Estado de Derecho deja de existir. Lo que viene no es la resolución de un crimen; es el desmantelamiento público de los pactos de impunidad en Baja California.

